La voz de Lucía no se apaga
La niña nunca pensó que su pasión por el canto y el compromiso con el coro de su parroquia serían el escenario de una serie de hechos que cambiarían su vida para siempre, de forma drástica y dolorosa

En febrero del 2013, el sacerdote Ricardo asumió como párroco suplente de su localidad y, poco a poco, como el guía espiritual del grupo juvenil al que pertenecía Lucía, en una ciudad centroamericana.

Pero con el transcurso de los días, el presbítero pasó de las indicaciones sobre técnica vocal y disciplina al acoso. Lucía recién había cumplido 13 años. El sacerdote la hostigaba con preguntas explícitas sobre sobre sexualidad a través de mensajes de texto a su celular.

El acoso, lejos de cesar, se intensificó. Al final de una liturgia, el presbítero le pidió que la acompañará a su cuarto y allí abusó de ella. Entre confundida y humillada, Lucía silenció el dolor. Con el temor que inspiraba su autoridad, el sacerdote pudo repetir las violaciones reiteradamente por más de un año.

Para cubrir su rastro y buscar impunidad, el presbítero obligaba a Lucía a usar anticonceptivos de emergencia después de cada abuso. Ella no sabía de qué clase de medicamento se trataba y nadie le había hablado acerca de las consecuencias de las relaciones sexuales. Como la mayoría de niñas en su país, enfrentó la violencia y sus consecuencias sin información, asesoría o educación sexual integral.

Un día, a finales de septiembre de 2014, la madre de Lucía descubrió que algo no andaba bien con su hija. Los dolores abdominales eran constantes y sin una causa aparente.

Tuvo que llevarla dos veces al médico antes de que le fuera ordenado el examen que confirmó que Lucía estaba embarazada. La sorpresa y el dolor se entremezclaron. “Ahora estoy embarazada” recuerda que se dijo, aterrada, a sí misma, “no quiero tenerlo. No es mi plan ser una madre ahora”.

La violencia sexual tiene impactos devastadores en la vida de las niñas. Cuando esa violencia causa un embarazo los efectos se multiplican. En el caso de Lucía, al daño en su salud emocional se sumaban los riesgos como rotura del piso pélvico, preeclampsia y parto prematuro.

En su país, el de mayor natalidad en niñas menores de 14 años en la región, interrumpir un embarazo está totalmente prohibido. Las niñas víctimas de violencia sexual no tienen más opción que encarar una maternidad que les es impuesta.

Pese al grave riesgo para su salud y su vida, Lucía dio a luz en abril de 2015.

Albergaba muchos temores, y recuerda: “me daba pena que en adelante todo el mundo me señalara”. Al dolor de una maternidad para la que no estaba preparada, se sumó la estigmatización. En las calles la tachaban como “la querida del cura”, “la panzona” o “la que fue mujer del padre”.

A esta situación se sumaron las frustraciones de Lucía y su familia por el papel del sistema de justicia. Aunque interpusieron una denuncia formal ante las autoridades correspondientes, ésta sólo apareció registrada cinco meses después. Insistentemente, 5 veces al menos, visitaron la Comisaría de la Mujer, pero la funcionaria que los atendía le daba largas al asunto y decía que esperaba órdenes de sus superiores.

El tiempo transcurrió mientras se afianzaba la impunidad del agresor.

Pasaron más de 10 meses para que se ordenara la detención del sospechoso, a esta altura plenamente identificado. Pero la orden nunca se concretó.

A ello contribuyó la complicidad de las autoridades eclesiásticas. Muchos testigos dan cuenta de que el presbítero sigue libre, mientras que en la Arquidiócesis de la capital insisten en que el imputado se encuentra en una casa de retiro. Según un estudio realizado con base en una muestra de 30 casos en este país de Centroamérica sólo el 10 % de los agresores denunciados por violencia sexual son imputados.

A pesar de que Lucía tuvo que abandonar el colegio, logró retomar sus estudios con el apoyo de sus padres, pero el 85% de las niñas embarazadas en ese país no asiste a la escuela y el 48,5% de las que se convierten en madres nunca retoma sus estudios.

Ahora Lucía ha superado el miedo y ha decidido alzar su voz para que ninguna niña más vea arrebatados sus sueños por la violencia sexual y la falta de acceso a servicios esenciales de salud.

Las niñas como Lucía nos necesitan: ¡vamos a proteger su vida y sus sueños! Únete. Son #NiñasNoMadres