La lucha de una niña y su abuela por justicia
Susana sabía que lo que le hacía su abuelo no estaba bien. Lo sabía, a pesar de que se había convertido en una dolorosa costumbre

Tuvo miedo. El miedo fue siempre la razón para no poder oponerse. El miedo y las armas que el abuelo llevaba encima para asegurarse de que nadie desafiara sus órdenes. Así lo recuerda Susana hoy: “A los 6 años me tocó la primera vez. Me quería besar en la boca pero yo no me dejaba. Me decía que si yo no me dejaba me volaba la cabeza y se la echaba a los perros”.

Cuando cumplió los 13, la abuela descubrió que Susana estaba embarazada. La niña no tenía cómo saberlo porque nunca había recibido información al respecto. Nunca había ido a la escuela. Su abuelo le decía que los monos no estudiaban.

Después de años de terror y silencio, la abuela asumió el riesgo de salir de la casa y pedir ayuda a las autoridades para proteger a su nieta. Estaba decidida a denunciar al violador con el que había convivido durante tantos años.

Sin embargo, la policía no la escuchó ni la ayudó a rescatar a su nieta. Susana solo pudo salir de la casa de su abuelo para dar a luz. Cuando se alojaron en casa de unos familiares, hasta allí llegó el abuelo para ordenarles que regresaran después del parto. Desobedecer no era fácil.

En septiembre de 2014, la abuela interpuso las primeras acciones en contra de su marido. La policía no dio respuesta. El temor a las represalias de los hombres armados que acompañaban al abuelo era palpable. A pesar del riesgo que corrían Susana y su abuela, el miedo a «los armados» paralizó a las autoridades.

En su país está totalmente penalizado el acceso a la interrupción del embarazo y por eso ésta nunca pudo ser una alternativa para garantizar sus derechos.

El 11 de octubre a las 7 de la mañana, Susana dio a luz, sin atención previa ni apoyo médico. Nadie le explicó cómo sería el proceso del parto. No tuvo asistencia para lidiar con el trauma, la tristeza y el miedo que sentía en su cuerpo de niña.

Cumpliendo su promesa de protegerla, su abuela la llevó al albergue de una asociación que acompaña a mujeres víctimas de violencia. Al día siguiente tuvieron que huir cuando el abuelo llegó con hombres armados a exigir que le entregaran a Susana.

Dos días después del parto, Susana y su abuela se presentaron ante las autoridades que exigieron su presencia para interponer la denuncia. Tuvieron que presentarse en otros 5 municipios, antes de poder formalizarla. Dos días más tarde, Susana fue valorada por el personal de Medicina Legal y psicología forense. Le ordenaron un tratamiento para superar los múltiples traumas del abuso y la maternidad forzada. Nunca se realizó.

La investigación tampoco avanzó. El abuelo no fue arrestado, ni juzgado ni condenado. Por el contrario, se deja ver aún por el pueblo como si nada hubiera sucedido.

Cuatro años después, un funcionario sentenció: “en este caso no se puede hacer nada por la situación política y la presencia de grupos armados donde ocurrieron los hechos”.

Hoy, Susana ha decidido contar su historia. Lo hace para que ni una niña más vea amenazada su vida y futuro por la violencia sexual y una maternidad que nunca eligió.

En nuestras manos está proteger la vida, el futuro y los sueños de niñas como Susana que en toda Latinoamérica enfrentan la traumática experiencia de la violación y de un embarazo forzado. Únete. Son #NiñasNoMadres